Alejandra Giselle Schwartz
alejandraschwartz@yahoo.com.ar
“Como a los nazis, les va a pasar:
adonde vayan los iremos a buscar.”
A la salud de los compañeros y compañeras
que lograron con treinta años de lucha
la condena por genocidio a Etchecolatz.
Introducción
Ante los genocidios perpetrados durante el siglo XX, la humanidad suele preguntarse cómo es posible que existan seres humanos capaces de planificar, sistematizar y ejecutar esas atrocidades a otras personas, sobre todo cuando hablamos de asesinatos de niñas, niños y adolescentes, mujeres embarazadas, discapacitados/as, entre otros grupos vulnerables.
Nos proponemos observar cómo se construye la víctima para el grupo genocida. Vemos como elemento común de dicha construcción una representación del otro que combina dos elementos: la posesión de determinadas características que lo transforman en seres inferiores (“vidas que no merecen ser vividas”) y, al mismo tiempo, como personajes disolventes de la sociedad que los genocidas propagandizan como ideal.
En la citada construcción, los perpetradores crearán el grupo a exterminar, adjudicándole una determina representación. Podemos decir, entonces, que dotan de una identidad colectiva a individuos y grupos que no necesariamente se sienten identificados con ella.
Nuestro objetivo es realizar una primera exploración sobre la identidad colectiva de la víctima desde el discurso de los perpetradores. Se inserta en una serie de investigaciones que tienen como eje al genocidio, donde ya hemos analizado la construcción de la víctima efectuada por la Comisión Nacional de Desaparición de Personas, CONADEP, y a la Universidad como blanco de la represión.
Me parece interesante en esta aproximación plantear un estudio comparativo entre las víctimas del Holocausto nazi y las de la última dictadura militar en la Argentina.
Para esto, utilizaremos testimonios de Primo Levi y, para el caso argentino, las declaraciones en los últimos juicios a los represores Miguel Etchecolatz y Julio Simón, el “Turco Julián”, entre otras fuentes.
Algunos elementos teóricos
En los recientes estudios sobre el genocidio, se puso en cuestión la definición propuesta por la ONU en la Convención para la Prevención y la Sanción del Delito de Genocidio por excluir a los grupos políticos como blanco.
Dicha Convención propone:
“Artículo II: En la presente Convención, se entiende por genocidio cualquiera de los actos mencionados a continuación, perpetrados con la intención de destruir, total o parcialmente, a un grupo nacional, étnico, racial, o religioso, como tal:
(a) Matanza de miembros del grupo;
(b) Lesión grave a la integridad física o mental de los miembros del grupo;
(c) Sometimiento intencional del grupo a condiciones de existencia que hayan de acarrear su destrucción física, total o parcial;
(d) Medidas destinadas a impedir los nacimientos en el seno del grupo;
(e) Traslado por fuerza de niños del grupo a otro grupo.”
Es por ello que algunos autores proponen hablar de genocidio para los casos que se ajustan a la definición de la ONU y de politicidio para los genocidios específicamente políticos. Desde nuestra posición, esa división no es tal, dado que si observamos con detenimiento los actos que constituyen un genocidio se ajustan perfectamente a los genocidios políticos, como tristemente demostraría el caso argentino. En la Argentina, este debate está comenzando, sobre todo gracias a la acción de la carrera de Sociología de la UBA y del Instituto “Gino Germani”.
No queremos dejar de mencionar algunos elementos sobre la representación. Si bien este concepto merecería una puesta al día luego del uso y abuso que sufrió en los últimos tiempos, sólo queremos recalcar algunas nociones que se relacionan particularmente con este trabajo. En primera instancia, es útil decir que la representación no se ajusta de forma exacta y transparente a lo representado. En este sentido, hablamos que los genocidas construyen al grupo a aniquilar otorgándole determinadas características que no necesariamente comparten todos y cada uno de los miembros de ese grupo. Los nazis crean a su judío a partir determinadas características físicas (una forma de nariz, el pelo rizado, etc.) y con una supuesta identificación con determinados valores (el capitalismo, el bolchevismo, la usura, etc.). Asimismo, el subversivo engloba tanto a marxistas como a antimarxistas, a católicos como a judíos, a nacionalistas y a internacionalistas. En la representación, no hay tales diferencias: son enemigos de la Argentina, atentan contra los valores nacionales y cristianos, son apátridas. “Hablaban de Dios y partían de la base de que el secuestrado era un ‘enemigo de Dios’.”
Estas representaciones funcionaron a un nivel colectivo, tomando elementos ya existentes y condensándolos a través de la propaganda y las instituciones del régimen. Tanto el nazismo como el Proceso difundieron su representación del enemigo en los medios de prensa, en la escuela, en los discursos públicos, etc. Se busca que toda la población colabore, admita o sea indiferente a la suerte de aquel que no merece vivir.
En las citadas representaciones se pone en juego la identidad: lo nacional contra lo extranjero, lo racial, lo religioso. Esa identidad en peligro debe justificar toda acción que se cometa en contra del enemigo. El otro justifica la política, es la nación la que está en peligro y parte de los y las que eran ciudadanos de esos países pasan a conformar una alteridad insoportable.
Si bien no podemos decir que en el caso argentino “… no son ‘superhombres’ y ‘subhombres’ como bajo el nazismo.” Sí se traza una divisoria entre aquellos que deben morir y aquellos que son parte de la nación. La reorganización nacional consiste, precisamente, en reorganizar el tejido social eliminando a los indeseables. Encontramos tanto en la Alemania nazi como en la Argentina dictatorial un discurso político en el que el otro es asimilado a virus, bacterias o parásitos, que deben ser eliminados para conservar la buena salud.
El universo concentracionario
“Entonces por primera vez nos damos cuenta de que nuestra lengua no tiene palabras para expresar esta ofensa, la destrucción de un hombre. En un instante, con intuición casi profética, se nos ha revelado la realidad: hemos llegado al fondo. Más bajo no puede llegarse: una condición más miserable no existe, y no puede imaginarse. No tenemos nada nuestro… Nos quitarán hasta el nombre…”
Tanto en el nazismo como en la dictadura argentina, la conformación del universo concentracionario fue fundamental en el proceso de eliminación de las víctimas. No sólo a nivel del espacio físico, las condiciones de detención favorecieron la deshumanización de la víctima: el hacinamiento, la falta de higiene, los parásitos, la alimentación transformaban al detenido/a en una triste caricatura de ser humano.
Mientras la víctima pierda más su humanidad, más fácil es asimilarla con “un bulto”, “un paquete”, es decir, con una cosa. Esta cosa puede ser fácilmente transportable en condiciones infrahumanas, enterrada en fosas comunes, incinerada, ha perdido las condiciones que lo hacen persona.
La transformación no sólo parte del discurso oficial, se consigue también con la destrucción física y emocional del otro. Una vez que la víctima ha perdido su dignidad y su voluntad, que se encuentra totalmente a merced de los represores, el sistema concentracionario ha vencido: son pocos los casos de fuga. El hambre, el cansancio, la desnudez, el quiebre moral del individuo son suficientes para abortar cualquier fantasía de escape. La expresión “Acá nosotros somos Dios”, dicha en tantos testimonios de distintos CCD (Centro Clandestino de Detención) expresa de forma cabal la situación de los/ detenidos/as: la vida y la muerte, la alimentación, la higiene, etc. no dependían más de la voluntad de la víctima sino de una gracia otorgada por los genocidas. Este control era ejercido a punto tal que se tomaban disposiciones para evitar los suicidios: la hora de morir era determinada por el torturador, nunca por la víctima. “…lo logran bajar de la ventana, y por supuesto, lo vuelven a torturar, porque el suicidio estaba prohibido, eran ellos los que decidían cuando uno se moría... ni siquiera tenían esa libertad.”
Es preciso mencionar que las condiciones de detención colaboraron enormemente con los represores al posibilitar privar al otro de su humanidad. Las duchas colectivas, la falta de sanitarios y la falta de privacidad para ir a ellos permitían no sólo el control de los detenidos y detenidas, sino la subyugación de la persona, privada de la más mínima intimidad.
Veamos los testimonios para ambos casos:
“Llegamos a ser cinco o seis personas en un mismo calabozo que tenía un metro de ancho por dos de largo, sin colchón, sin comida, sin abrigo.”
“Me hizo ver que sobre cada madera de 1,80 metros por 2 metros dormían hasta nueve mujeres.”
La similitud de las condiciones de detención en campos de exterminio y CCD no paso inadvertida para detenidos y detenidas. En palabras de Adriana Calvo:
“…el calabozo de hombres es lo más parecido a los campos de concentración nazi que yo he visto mi vida, era absolutamente terrible, eran cuerpos casi uno encima del otro, ocupando toda la superficie, los cuerpos desnudos, lastimados, que despedían olor, no olor a sucio, olor a herida, olor a miedo, olor, olor terrible, realmente es una imagen que es muy difícil de describir…”
También el lenguaje jugó un rol importante: permitió travestir las acciones llevadas a cabo, haciéndolas más llevaderas para sus ejecutores. Las personas perdían sus nombres y las acciones, sus significados. Observemos los testimonios:
“… en el lenguaje oficial se usaban sólo cultos y cínicos eufemismos: no se escribía ‘exterminio’ sino ‘solución definitiva’, ni ‘deportación’ sino ‘traslados’, ni ‘asesinato con gas’ sino ‘tratamiento especial’.”
Notemos en estas citas los eufemismos para hablar del asesinato y la muerte:
“Pernia me dijo: ‘Bueno, como no querés hablar, yo ya te dije que te vas para arriba’. Había varias expresiones con las cuales ellos se referían a la muerte, una te vas para arriba…”
“Otro de los testigos, Lareu, se emocionó cuando rememoró el ‘traslado’ de su hija y su yerno, que habían sido secuestrados… ‘Se decía que los traslados eran porque se los llevaban a una granja de rehabilitación en el sur’ para lo cual se los vacunaba y se los subía a un avión. ‘Yo quería creer esa versión, porque eso hubiera significado que estaban vivos.’”
Primo Levi logra escuchar como un SS se refiere a los judíos. “…las ‘piezas’ [los judíos detenidos a trasladar a Auschwitz] eran seiscientas cincuenta…”
La pérdida del propio nombre colabora en ese proceso de deshumanización. Veamos un ejemplo para cada caso.
“[se] nos anulaba la personalidad, éramos un número y una letra, yo era P63.”
“Me llamo 174517; nos han bautizado, llevaremos mientras vivamos esta lacra tatuada en el brazo izquierdo.”
A través de estos mecanismos se anuló la identidad de la víctima, tanto para sí misma como para el genocida. Este constituye uno de los más importantes logros del universo concentracionario: los sobrevivientes de ellos nunca los abandonan. Sus sueños siguen poblados de imágenes, sonidos y olores de los centros. Esto llevó a muchos sobrevivientes al suicidio o a muertes tempranas derivadas de las secuelas incurables, físicas y mentales, de la detención. No en vano, CCD y campos de concentración y exterminio han sido comparados con el infierno.
El judío
Ya en Mi lucha, Hitler había señalado la necesidad de exterminar al pueblo judío. Varios estudiosos, de la talla de Ian Kershaw, reconocen que si bien los escritos y discursos de Hitler se acomodaron a los distintos momentos políticos, el exterminio de los judíos es una idea permanente en el pensamiento hitleriano. Cuando Hitler accedió al poder y pudo llevarlo a cabo, fue preciso discernir quiénes eran los judíos. Hubo pseudociencias que colaboraron con esta tarea y dotaron a ese judío inventado de entidad real. En pocas palabras, “ser judío” para el régimen nazi no era en absoluto equivalente a la creencia o al origen judío. Por otra parte, muchos de los judíos compartían características físicas con la “raza aria” (mucho más que el mismo Hitler), pero las leyes raciales organizaron todo el andamiaje legal que permitió su aniquilamiento.
Esta separación entre los judíos y otras víctimas se hizo patente en la organización de los campos de concentración y exterminio. El trato dado a los prisioneros políticos y a los prisioneros de guerra y las condiciones de detención eran distintos. Si bien las condiciones fueron distintas según los campos, éstos podían enviar y recibir correspondencia, recibían mejor alimentación, los trabajos eran menos intensos, las condiciones de higiene eran menos denigrantes, etc.
Pese a la difusión de las atrocidades del régimen nazi y del juicio de Nüremberg, la peligrosidad del judío y su posibilidad de actuar como un disolvente del orden social se mantuvieron como un latiguillo común de la ultraderecha internacional y nutrió la formación de muchos militares argentinos.
Si bien la represión en la Argentina conoce una larga historia (y grandes aportes como la picana eléctrica), el sistema de detención-desaparición de personas se conformó con varias contribuciones internacionales: la del nazismo, la de la “Escuela de las Américas” y los cursos dictados por los militares franceses que habían actuado en Argelia. Debemos reconocer que los militares argentinos aprendieron estas lecciones pero aportaron a la conformación de su sistema represivo algunas particularidades atroces, sobre todo en relación a los niños y niñas.
El imaginario construido por el nazismo se expreso claramente en los CCD argentinos, trazando una continuidad entre ambos procesos genocidas.
“…en la caseta de guardia del Atlético había un retrato de Hitler y que en la ‘sala de inteligencia’ del Banco y El Olimpo había una bandera nazi pinchada sobre la pared.”
“[a los secuestrados de origen judío] ‘Los obligaban a levantar la mano y gritar ‘yo amo a Hitler’. Los represores se reían y les sacaban la ropa a los prisioneros y les pintaban en las espaldas cruces esvásticas con pintura en aerosol. Después los demás detenidos los veían en las duchas oportunidad en que los guardias volvían a golpearlos…’”
Es así que uno de los personajes más nefastos del Proceso, elaboró toda una teoría donde la crisis de la humanidad se debía a la acción de tres hombres, casualmente, judíos.
“La crisis actual de la humanidad se debe a tres hombres. Hacia fines del siglo XIX, Marx publicó tres tomos de El Capital y puso en duda con ellos la intangibilidad de la propiedad privada; a principios del siglo XX, es atacada la sagrada esfera íntima del ser humano por Freud, en su libro La interpretación de los sueños, y como si fuera poco para problematizar el sistema de valores positivos de la sociedad, Einstein, en 1905 hace reconocer la teoría de la relatividad, donde pone en crisis la estructura estática y muerta de la materia.”
El subversivo
Una de las principales características de la Doctrina de Seguridad Nacional fue el principio de enemigo interno, creado a partir de la concepción de fronteras ideológicas derivadas de la lucha contra el comunismo a partir de la Guerra Fría. Un enemigo a medida de los represores, que podía ajustarse para incluir a cualquier persona. Para entrar en dicha categoría bastaba ser psicólogo, ser joven, ser obrero, ser estudiante, usar barba, escuchar determinada música o tener determinados libros. “Para ellos, yo constituía un peligro, era un subversivo intelectual” .
El concepto de frontera ideológica nos plantea un nivel de subjetividad absoluto. En palabras del general Ibérico Saint Jean: “...primero mataremos a los subversivos, luego a sus colaboradores, luego a sus simpatizantes, luego a los indiferentes y por último a los tímidos“ . En síntesis, cualquier persona podía caer en alguna de estas categorías.
En una sencilla operación conceptual montoneros, troskistas, comunistas, maestros de escuela, sindicalistas, familiares de militantes, etc. pasaban a formar parte de un mismo colectivo a eliminar. Las características sospechosas podían superponerse, pero bastaba cualquiera de ellas para ser señalado como subversivo.
“‘Menos mal que se murió ese judío de mierda porque si no lo tenía que soltar.’… el represor le dijo esta frase tras torturar hasta la muerte a un joven al que consideraba ‘un maestro judío y comunista’ que ‘pervertía las mentes infantiles’”
El concepto de subversivo permitía homogeneizar hacia adentro y hacia fuera a las víctimas: la represión obligó a convivir en los CCD y en las cárceles a militantes y no-militantes de todo tipo y a forjar lazos de solidaridad que les permitieran sobrevivir a esas condiciones; hacia fuera todos ellos y ellas eran subversivos y con eso bastaba para ser torturados y asesinados.
Podemos decir que la represión dictatorial cohesionó y dio forma a las víctimas como colectivo. Dicho colectivo no parte de una victimización de las personas detenidas si no del hecho objetivo de haber visto vulnerados sus derechos por el Estado genocida. Esta conculcación homogeniza a las víctimas y las transforma, de hecho, en un grupo identificable.
En otras palabras, la represión dictatorial llevó del concepto al acto la demarcación de un grupo. Sin ir más lejos, luego del regreso de la democracia, este grupo siguió siendo entendido como tal en las declaraciones de los militares y de sus abogados en los juicios.
Como siempre, la mujer
La mujer constituye en sí misma un blanco especial de los genocidas. Puesta en su clásico rol maternal, es la responsable de la transmisión de los valores del grupo a las nuevas generaciones, por lo que hay que aniquilarla. Sea las madres de los “subversivos” que fallaron en la transmisión de estos valores como las mujeres que querían trasmitir otros a sus hijos e hijas.
En su defecto, la no-asunción de este rol tradicional, hace sospechosa a la mujer. En la ideología militar, la mujer ocupa un importante rol dentro de la familia, por lo que cualquier mujer que desafiara ese estereotipo, sobre todo las que formaban parte de las organizaciones político-militares, representaban un inminente peligro para el orden social. Uno de los parámetros de “rehabilitación” de las detenidas era su interés –muchas veces fingido– por el maquillaje, la ropa y otras actitudes “femeninas”.
Las madres de los/as desaparecidos/as eran culpables de la deformación de sus hijas o hijos y, por lo tanto, culpables de su final. En palabras de los perpetradores:
“Me dejó parada en el medio de la habitación y él, sentado, empezó a expresar su desprecio por mí, que era la madre de unos subversivos.”
“Llamaba a los gritos a todos los que pasaban por ahí y les decía que vengan a conocer a los padres de los guerrilleros de la calle 30”
En el caso de las mujeres, la violencia tuvo un fuerte contenido sexista, tanto a nivel físico como psicológico, como se ejemplifica en los siguientes testimonios.
“Estoy acostumbrado a tomarle declaración a las prostitutas.”
“Todas éramos manoseadas y violadas.”
La maternidad tomó formas atroces en los CCD. Adriana Calvo recuerda que luego de parir, el represor “Me ordena que tire la placenta y que después limpie la camilla, lave el piso. Estaba desnuda, con todos los guardias riéndose, Bergés incluido.” A estas condiciones insalubres e indignas se le sumó la incertidumbre por el futuro de los/as hijos/as.
La mujer en la dictadura argentina se transformó en un objeto a normalizar. La entrada masiva de las mujeres al ámbito público (político, educativo, cultural, etc.) era entendido por los militares como un disolvente de los valores tradicionales y de la familia, base de la sociedad.
A modo de conclusión
Frente a todo genocidio es quizás un signo de salud mental preguntarse cómo fue posible. Es mejor que el silencio, que la resignación obligada. El estudio de los mecanismos materiales y mentales que permiten el genocidio no significa de modo mecánico que podremos evitar que el genocidio se repita, pero nos sirve como alerta ante determinados discursos y prácticas.
La ideología genocida se montó en elementos existentes en las representaciones sociales que poseían no solamente los cuadros medios y bajos de las fuerzas de seguridad, sino de la sociedad en general. La indiferencia, la negación o el encubrimiento de los hechos criminales involucraron a la mayoría de las sociedades que vivieron un genocidio. Por ello, la condena judicial se limitó a los altos cuadros del gobierno y, sólo muy recientemente, a otros responsables. En Alemania el proceso fue similar como en Francia con respecto a los colaboracionistas. En términos generales, las sociedades se han resistido a juzgar a los cuadros medios y bajos. Adjudicarle la responsabilidad a un puñado de líderes exculpaba a la sociedad completa.
La dilución de la responsabilidad facilitó la impunidad. No sólo en la tétrica división de tareas en la ejecución del genocidio: en su encubrimiento, en su olvido, son muchos los responsables.
A las sociedades les fue (y les sigue siendo) muy difícil de aceptar la magnitud de su rol en el desarrollo, mantenimiento e impunidad de los genocidios. En parte, porque tanto el nazismo como la dictadura gozaron del consenso de buena parte de la población, porque sentaron sus bases en prejuicios y temores que eran compartidos por dichas sociedades.
En un mundo donde la guerra se ha transformado en viles ataques a la población civil, donde los campos de refugiados se multiplican y donde los más elementales derechos son sistemáticamente violados, pensar el genocidio constituye una forma de contribuir a erradicarlo. La necesidad de una educación tendiente a la integración del diferente, de la no-discriminación, contra el sexismo y con un firme compromiso con la pluralidad y la diversidad queda plasmada en el rol del sistema educativo tuvo como mecanismo de difusión para los Estados genocidas.
La responsabilidad social de historiadores e historiadoras consiste en plantear claros puntos de vista ante las masacres y los genocidios a lo largo de la historia del mundo: nada justifica el asesinato sistemático de ningún grupo humano.
Nunca Más no debe ser un slogan vacío, debe contener una activa lucha ideológica contra el genocidio, contra cualquier genocidio que se cometa en el mundo.
Notas
Quisiera agradecer profundamente la colaboración, las sugerencias y el incomparable apoyo de la Lic. Silvia Sandoval en la realización de este trabajo. Huelga decir, que todos los errores que contenga son de mi autoría.
Todas las citas que corresponden a la página web del diario Página 12 corresponden al día de su publicación. Los otros testimonios citados fueron extraídos en el mes de junio y julio.
Adoptado por Resolución 260 (III) A de la Asamblea General de U.N. el 9 de diciembre de 1948. Entrada en vigor: el 12 de enero de 1951.
http://www.ohchr.org/spanish/law/genocidio.htm
Testimonio de Pilar Calveira de Campiglia. Legajo CONADEP N° 4482. Todos los testimonios y declaraciones en la CONADEP, los Juicios a las Juntas Militares y por la Verdad son citados en www.nuncamas.org
Levi, Primo, (2), p. 38.
Levi, (4), p. 39.
Testimonio de Adriana Calvo el 16 de febrero de 2000 en el Juicio por la Verdad de la ciudad de La Plata. Informe de Prensa de la APDH La Plata.
Testimonio de Adriana Calvo en el juicio contra Etchecolatz. Boletín electrónico de noticias y actividades de la AEDD nro. 206.
Levi, Primo, (2), p.35.
Testimonio de Adriana Calvo el 16 de febrero de 2000 en el Juicio por la Verdad de la ciudad de La Plata. Informe de Prensa de la APDH La Plata.
Levi, Primo, (2), p. 24
Declaración de Graciela Beatriz Daleo, en el juicio a Juicio a las Juntas Militares, 18 de julio de 1985.
Testimonio de Julio Eduardo Lareu en el juicio a Julio Simón. Página 12 miércoles 12 de julio de 2006, www.pagina12.com.ar
Levi, Primo, (4) p. 21
Testimonio de Rebeca “Tita” Sacolasky en el juicio a Julio Simón. Página 12 miércoles 12 de julio de 2006, www.pagina12.com.ar
Levi, Primo, (4) p. 41
Elegimos al judío para mostrar la construcción de la víctima durante el nazismo, pero no podemos dejar de mencionar a otros grupos como los gitanos, los enfermos mentales, los testigos de Jehová, los disidentes políticos, etc. que también fueron víctimas de los nazis. Con respecto a estos grupos, las investigaciones son aún bastante fragmentarias y la disponibilidad de fuentes y testimonios es muy baja.
Atlético o Club Atlético, El Banco y El Olimpo eran CCD de la provincia de Buenos Aires que estaban en manos de la policía provincial. A estos CCD se los denomina “circuito Camps” porque dependían de ese represor, quien ocupaba el cargo de jefe de policía.
Testimonio de Marcos Villani frente al juez de las causas del Primer Cuerpo del Ejército a cargo del juez federal Daniel Rafecas. Página 12, sábado 8 de julio de 2006 www.pagina12.com.ar
Declaraciones de Pedro Vanrell frente al juez de las causas del Primer Cuerpo del Ejército a cargo del juez federal Daniel Rafecas. Página 12 viernes 07 de julio de 2006, www.pagina12.com.ar
Declaraciones de Massera al diario La Opinión, 26 de noviembre de 1977. Citadas en Dussel, Inés, Finocchio, Silvia y Gojman, Silvia, Haciendo memoria en el país de Nunca Más, Buenos Aires, EUDEBA, 2006. 2° Edición.
Testimonio de Juan Ramón Nazar el 11 de octubre de 2000 en el Juicio por la Verdad de la ciudad de La Plata. Informe de Prensa de la APDH La Plata.
Informe de la Comisión Bicameral investigadora de las violaciones de los derechos humanos en la provincia de Tucumán. Salamanca, 1991, p. 16.
Testimonio de Mario Villani en el juicio a Julio Simón (alias El Turco Julián). Página 12 viernes 07 de julio de 2006, www.pagina12.com.ar
Testimonio de María Isabel “Chicha” Mariani en el juicio a Etchecolatz. Boletín electrónico de noticias y actividades de la AEDD nro. 208.
Ibidem.
Ibidem.
Testimonio de Nora Ungaro en el juicio a Etchecolatz Boletín electrónico de noticias y actividades de la AEDD nro. 205.
Página 12, 29 de junio de 2006 www.pagina12.com.ar
Bibliografía
• Dussel, Inés, Finocchio, Silvia y Gojman, Silvia, Haciendo memoria en el país de Nunca Más, Buenos Aires, EUDEBA, 2006. 2° Edición.
• Feierstein, Daniel (comp.), Genocidio. La administración de la muerte en al modernidad, Universidad de Tres de Febrero, EDUNTREF, 2005.
• Informe de la Comisión Bicameral investigadora de las violaciones de los derechos humanos en la provincia de Tucumán. Salamanca, 1991.
• Kershaw, Ian, Hitler, Madrid, Biblioteca Nueva, 2002.
• Kershaw, Ian, La dictadura nazi: problemas y perspectivas de interpretación, Buenos Aires, Siglo XXI, 2004.
• Levi, Primo, (1) La tregua, Trento, Einaudi, 1997.
• Levi, Primo, (2) Entrevista a sí mismo, Buenos Aires, Leviatán, 2005.
• Levi, Primo, (3) Los hundidos y los salvados, Barcelona, El Aleph Editores, 2005.
• Levi, Primo, (4) Si esto es un hombre, Barcelona, El Aleph Editores, 2005.
Internet
• Boletín electrónico de noticias y actividades de la AEDD
• www.nuncamas.org
• www.pagina12.com.ar