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Núcleo de Estudios sobre Etnografías

08/06/2007 GMT 1

Entrevista a Marta Lamas por Dulce María López Vega

etnografias @ 05:31

La entrada de nuevos sujetos modifica el panorama y obliga a una reflexión incluyente sobre nuevas identidades y nuevas formas de hacer política. (Marta Lamas / entrevistada por Dulce María López Vega)

Modemmujer
Subió a conferencia el 18 de Septiembre del 2006.
Fuente: Dulce María López Vega.

La política de la identidad y su faz vengadora

El trabajo político en torno a la identidad tiene sus riesgos. Como hasta ahora ha implicado una especie de pacto entre víctimas, y un pacto sólo por traición se abandona, se vuelve frecuentemente contra los activistas como un boomerang. Aunque la narrativa que funda el trabajo político adquiera rasgos de mito, sus detentores no pueden sino refrendarla. La diferencia se vuelve entonces algo que su movimiento no sabrían tolerar.
Nos reunimos esta vez con Marta Lamas, una de las más importantes líderes del movimiento feminista latinoamericano, para hablar sobre el tema.

Marta Lamas, queremos que nos hables de tu experiencia sobre la política de la identidad.

Hace tiempo que ha habido un cuestionamiento a la famosa política de la identidad, a la creencia de que a partir de un sólo aspecto de tu identidad podías armar todo un posicionamiento político. Pero es un cuestionamiento que todavía no está muy difundido. La mayor parte del movimiento está en una postura mujerista: “sólo mujeres”, “vamos a hacer política como mujeres”, etcétera. Son pequeños sectores los que, tanto por su proceso político o por lecturas o trabajo teórico e intelectual, quieren salir de eso, entendiendo que la identidad está traspasada o cortada por varias líneas. Eres mujer, y además tienes una identidad de clase, una identidad religiosa, una identidad política; y esta identidad múltiple, multifacética, va a ir corriéndose de acuerdo a la coyuntura en la que te muevas. Es decir que, si tuvieras una identidad religiosa protestante y estuvieras en una comunidad en donde hay ataques contra los evangélicos por parte de los católicos, posiblemente funcionarías a partir de ese aspecto, el de tu identidad religiosa. Entender que la identidad no es un bloque monolítico, sino muchos fragmentos unidos con un hilo conductor, que pueden tomar en determinado momento más relevancia, ha permitido al movimiento tener un discurso más incluyente, más abierto, de construcción de alianzas con otros grupos. Eso me parece positivo, aunque sean pocas las organizaciones que lo tomen en cuenta.

El tipo de ideas que manejamos para aglutinarnos —el malestar, la carencia— tiene también consecuencias negativas dentro del movimiento.

Sí, yo pienso que la política de la identidad y la idea de que hay una identidad única y privilegiada, que te vuelve vanguardia o la punta de lanza del verdadero cambio tiene consecuencias negativas. Este tipo de identidad es todavía bastante común y difícil de enfrentar o combatir. Provoca manifestaciones de intolerancia y dificultades para entender que un movimiento se constituye por distintas posiciones y que necesitamos de las distintas tendencias para construir cosas. Unas mujeres haciendo presión con las autoridades, mientras otras escriben, o se manifiestan en la calle, o hacen trabajo de base. Esa manera de ver las cosas yo todavía no la veo presente. Seguimos insertas en lo que Freud llamó los conflictos de la pequeña diferencia. En el movimiento feminista por ejemplo, que es parte de la suma de fragmentos que constituye la izquierda, a veces encuentras un odio feroz contra una compañera, un odio que ninguna manifiesta contra nadie de la derecha —hacia donde podría ser más lógico puesto que con ellos existen más diferencias, son los adversarios objetivos—; golpeamos a una del movimiento, porque su diferencia parece insalvable.

Parece algo irracional. Si poco tiene que ver con reales diferencias políticas, ¿podría estar relacionado con lo que como movimiento suponemos que significa ser mujer, lo que esperamos de las otras en relación con esa idea?

Sí, las mujeres compartimos cierto tipo de esquemas, hay una lógica cultural en ello. Por ejemplo, el que viene desde los griegos y del cual habla la filósofa española Celia Amorós: desde la Antigüedad, la división del mundo en privado y en público, hizo que los hombres, ciudadanos detentores de la polis y de las relaciones públicas, se autoconstituyeran como sujetos, en su propio derecho, capaces de plantear contratos, subir a la tribuna, pelear, etcétera. Mientras las mujeres, al pertenecer al ámbito privado resultaban indeferenciadas. La palabra que utiliza Celia Amorós es indiscernibles. El ámbito privado era el ámbito de la indiscernibilidad, de lo indistinguible. Le daba lo mismo al señor tribuno que la comida se la hiciera la hija, la hermana o la esposa. Era una mujer quien lo había hecho. Él llegaba a su casa, después de discutir los asuntos públicos, y tenía su ropa limpia, su comida, sus cosas. El hecho de que las mujeres pertenecieran al ámbito de lo privado y que no tuvieran la posibilidad de autoinstituirse como sujetos en el mundo de lo público, hizo que entre las mujeres se instaurara lo que Celia Amorós llama la lógica de las idénticas. “Tú, mujer, eres una función: parir, cuidar a los hijos, cocinar, tener la ropa limpia...” En algunas partes de nuestro país esta división entre lo público y lo privado sigue vigente, pero en otras sin duda ha cambiado. Sin embargo, la lógica de las idénticas permanece y después de siglos de funcionamiento, lleva a las mujeres a una actitud doble: por una lado, grandes gestos de solidaridad entre mujeres, de apoyo a la que está necesitada; y por otro, una gran dificultad para reconocer las diferencias. Todas somos iguales, todas somos idénticas, todas nos apoyamos porque somos hermanas. Pero cuando alguna se quiere separar del conjunto de las idénticas, las demás no lo aceptan o lo hacen con resistencia, sin darle reconocimiento. También hay que decir que para muchas somos idénticas en un estatus que hay que mantener: si llegas a una oficina, puedes tener cierto nivel de complicidad con la secretaria, pero en cuanto aparezca tu compañero de trabajo, a él le hablará de usted y a ti de tú; lo tratará de manera distinta. Así que las mujeres que andan en un proceso de creación, que quieren hacer cosas, conseguir reconocimiento y hacerse un lugar en el ámbito público, tienen que salirse del mundo de las mujeres. Es un ambiente muy ciego a las diferencias, con muchas dificultades de reconocimiento.
Por otra parte, las mujeres seguimos teniendo muy pocas figuras simbólicas para fortalecernos. Y además, tenemos muy pocas referencias simbólicas de liderazgo, de mentoría, de tutoría. Esto plantea un problema para el feminismo. En mis treinta años de trayectoria he visto como, mientras se trate de cuestiones colectivas, ahí estamos todas, pero cuando una empieza a tener más iniciativas empieza el conflicto. ¿Cómo hacer que las mujeres sean capaces de reconocer la diferencia? Ese es uno de los desafíos del movimiento. Las feministas italianas plantearon que podía lograrse con el affidamento, que es una figura jurídica que funciona cuando un niño se queda sin papás. Como los tutores, digamos. Algo así como depositar la fe, affidarse es depositar la fe. Las feministas italianas plantearon que era muy importante tener una relación de ese tipo, ponerte en manos de una mujer que sabe más, que te va a ayudar, que te va a orientar. Lo importante del término es que hay una mujer que sabe más y la noción de confianza. Las dos se tienen confianza. La idea de ir haciendo cadenas de affidamento es establecer vínculos distintos entre las mujeres, empezar a otorgar reconocimiento a la otra, sin sentir que perdemos o que quedamos menoscabadas. Esto rompería en parte esa lógica de las idénticas, buena en situaciones de emergencia, pero también paralizante y autocomplaciente. «Todas nos queremos, nadie critica a nadie, todas somos iguales, caminamos al mismo ritmo y en la misma dirección».
Otro de los problemas que la lógica de la identidad ha creado en el movimiento tiene que ver con la representatividad. No sé si recuerdas que en 1990 intentamos hacer una coordinadora feminista del Distrito Federal. La idea era que siete mujeres representaran al movimiento para tener una respuesta rápida ante los acontecimientos. No hubo forma de que pudiéramos decir quiénes eran las siete voceras. Es un movimiento que dice “nadie puede hablar por mí”, “yo no puedo ser representada”. Es absurdo. Cualquier movimiento político, cualquier colectivo social dice este es mi líder, mi representante, confío en lo que va a decir, va a defender mis intereses. Pero el movimiento feminista no puede eso.

Si lo que nos reúne es el malestar, cuando una deja de ser partícipe las demás se sienten traicionadas...
Dejas de ser víctima, dejas de pertenecer...

¿Cómo cambiar eso? Porque por un lado, hablar del malestar nos ha permitido avanzar socialmente, hacer que el malestar vaya desapareciendo. Pero por otro, pareciera que sólo podemos aglutinarnos bajo un pacto de víctimas. El reclamo de traición muchas veces proviene de mujeres a quienes el malestar del que hablamos en nuestro discurso político, ya tampoco les toca.
Yo creo que hay dos caminos. Uno tiene que ver con el debate. Nos hemos dado muy pocos espacios de debate. En la medida en que pudiéramos decir estas cosas públicamente a muchas les haría clic el asunto. Y luego, yo creo que también hay mucho camino personal que recorrer. Bajarse de la omnipotencia. Muchas mujeres han emprendido un psicoanálisis y han empezado a hablar de estas cosas. Cuando una después habla de su experiencia con sus amigas, hay
más que se sienten impulsadas a hacer este tipo de reflexiones.

Y a nivel político, ¿cómo modificar nuestro discurso para poder trabajar a partir de identidades transitorias, como proponen Ernesto Laclau y Judith Butler?, ¿cómo abandonar ese pacto que hace que ante la diferencia muchas se sientan en riesgo?

Esa sensación de riesgo es muy común entre los grupos compactos. La que se despega crea una fisura por la que pueden filtrarse cosas. Comparto lo que señalas de Butler. En la medida en que podamos entender la transitoriedad y que estamos en un proceso fluido y abierto, podremos ir tomando mejores posiciones también ante la coyuntura. «El contexto es lo que cuenta», ¿no? Lo que nos volvió feministas a principios de los setenta, ahora ha cambiado. Pero reconocer la transitoriedad de nuestra identidad es poner en juego desde miedos y angustias personales, hasta debilidades teórico-intelectuales del movimiento.
Las cosas van cambiando, no sólo jurídica y socialmente. Tendríamos que trabajar más las cuestiones simbólicas para no seguir ancladas en una narrativa que en muchos aspectos ya no refleja nuestra realidad. La teoría queer se plantea trabajar con una identidad sin identidad y pone mucha atención en el imaginario.
¿Cómo ves la relación del movimiento feminista con estos nuevos sujetos y nuevas teorías?

La entrada de nuevos sujetos modifica el panorama y obliga a una reflexión incluyente sobre nuevas identidades y nuevas formas de hacer política. Pero por otro lado, si bien considero que la identidad nunca es fija, nunca es determinante, también creo que hay elementos de la identidad que no son transformados a voluntad. Existe el inconsciente y creo que ahí tenemos grabadas cuestiones de identidad cuyos alcances a veces nos escapan. Siguiendo el pensamiento lacaniano, el cuerpo pesa. Podemos inventarnos tener identidades sexuales libres y muy cruzadas, pero hay una parte de lo real que no podemos formular, que no podemos poner en palabras y que pasa por la manera en que está inscrito en el inconsciente, y no se va a poder transformar a voluntad. Tenemos que tener esa doble conciencia: por una parte, saber que ya rebasamos los roles y los estereotipos rígidos, y por otro, que no todo es cambiable. Nos tenemos que mover entre esos dos polos. De pronto nos encontramos idénticas a nuestra mamá —una que le criticaba tanto ciertas cosas…—, y en otras ya somos distintas, somos mujeres de manera distinta. Las identidades son fijas y flexibles al mismo tiempo, cambiables e incambiables. Nos constituye la ambigüedad, la paradoja, y eso es algo que nos cuesta mucho trabajo aceptar a los seres humanos. Tenemos que entender que la cuestión de la identidad implica un trabajo político sobre nosotros mismos, un trabajo de nuestra subjetividad. Y que aun así habrá rasgos que no podremos cambiar.

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